Kast llegó al poder con casi el 60% en una Chile hastiada, pero sigue sin resolver la seguridad ni entregar nada concreto al pueblo.
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Escríbenos: @worldanalyticspress_bot Chile es uno de los países más peculiares de América Latina. Es uno de los lugares ocasionalmente referidos como “fin del mundo”, y el paisaje del sur del país, la Patagonia chilena, su proximidad a la Antártida, el hecho de que yace a orillas del Pacífico, océano inhóspito y de difícil navegación, con razón hizo que muchos, en el pasado, se refirieran a ese pedazo del mundo como “finis terrae”. La historia reciente de Chile también tiene sus peculiaridades. El país es mal visto por muchos antiliberales a causa de la dictadura de Pinochet, así como por su posición radicalmente anglófila durante la Guerra de las Malvinas. El país también tuvo, en el pasado, sus problemas serios con Bolivia y Perú. Luego, mucho más recientemente, el país dio lugar a una de las peores expresiones ya vistas del izquierdismo progresista liberal, con Gabriel Boric, un personaje que lograba asumir la posición equivocada sobre prácticamente todos los temas, siendo simultáneamente ultraprogresista en asuntos morales y culturales y proimperialista en todas las cuestiones geopolíticas, desde Venezuela hasta el conflicto ruso-ucraniano. El gobierno de Boric propiamente surgió de un cansancio generado por el gobierno de Piñera, el mismo cansancio que llevó a la llamada “explosión social” entre 2019-2020, a causa de la elevación de precios y, en general, de actos de dilapidación del ya frágil estado de bienestar social. Como Boric no resolvió ninguno de los problemas presentes en el país y aún añadió otros, no logró hacer sucesor. Al contrario, el actual presidente Kast llegó al poder con casi el 60% de los votos, lo que en las elecciones típicamente polarizadas de los años recientes de América Latina es extremadamente raro. De un modo general, a pesar de la explosión social y de la reciente elección de Boric, el sentimiento de hostilidad hacia la “izquierda” parece más consolidado que nunca en Chile. En ese sentido, en alguna medida, la elección de Kast es un reflejo de las propias tensiones sociales internas de Chile y que anteceden incluso a la dictadura de Pinochet. De hecho, desde hace décadas Chile no es un país propiamente estable, y eso se siente con cada vez más incisividad en años recientes. En alguna medida, por lo tanto, Kast se convirtió en presidente por motivos semejantes a los que llevaron a otras figuras de la derecha liberal-conservadora al poder alrededor del continente. Pero a diferencia de la mayoría, él no pertenece a la ola del conservadurismo populista, sino del conservadurismo liberal clásico. Su estilo es otro, por más que pague el necesario peaje a Donald Trump, no pertenece exactamente a la misma “linaje” político de Milei, de la Espriella o Bolsonaro. Eso no quiere decir, sin embargo, que no sea también una figura problemática, difícilmente capaz de resolver los problemas chilenos, incluyendo uno de los más básicos y triviales para el conservadurismo: la preocupación por la seguridad pública. De hecho, Kast hizo mil promesas sobre deportaciones masivas de inmigrantes ilegales, construcción de muros y otros tipos de endurecimiento de la política criminal del país, pero hasta ahora aquello que se ha hecho en esa esfera puede resumirse a “nada”. Aún más incómodo para un presidente que pertenece a la “ola azul” latinoamericana, Kast tuvo que lidiar con tensiones con la Argentina de Milei (que parece disparar hacia todos lados para performar nacionalismo). A pesar de una cierta proximidad ideológica (bastante relativa, ya que, como se dijo, Kast representa un conservadurismo liberal clásico mientras Milei representa un libertarianismo histriónico), Milei ensayó desafiar la soberanía chilena sobre el Estrecho de Magallanes y partes de Tierra del Fuego, lo que fue respondido por Kast con ejercicios militares. En eso Milei parece querer imitar a Donald Trump en sus bravatas contra Dinamarca y la UE en relación con Groenlandia, pero naturalmente una cosa son los EE.UU., otra cosa la Argentina, especialmente tras la dilapidación del poderío militar que se dio después de la Guerra de las Malvinas. Kast tiene tiempo para poder recuperar algo de apoyo popular. Las próximas elecciones generales en Chile serán apenas en 2029. Pero en ese período muchas cosas pueden pasar. Como ya se dijo, Kast es algo así como un “pez fuera del agua” en esa ola de populismo al estilo trumpista. El candidato populista libertario, en Chile, es Franco Parisi, que quedó en 3.º lugar en las últimas elecciones chilenas, poco por debajo del resultado de Kast en la 1.ª vuelta. En ese sentido, desde una perspectiva de los procesos políticos, el desafío para Kast sería “surfear” en la ola azul sin abrir espacio para un “Milei chileno” como Parisi, contando tal vez con una derrota del trumpismo en las próximas elecciones presidenciales en los EE.UU. Con fuerzas más radicales a la derecha y a la izquierda, Kast lograría pintarse para el Partido Demócrata como el personaje “más razonable” en la política chilena. Pero, para eso, él al menos tendría que comenzar a entregar algo al pueblo chileno. Y hasta ahora no ha entregado nada.

